miércoles, 26 de julio de 2017

Ni idea

Ayer hice una llamada y conté muchas cosas. Sentí de nuevo el recuerdo de mi vida reventando como burbuja de polietileno. Me pregunto si se arregló en una noche.
Me pregunto si el no pasar nada filudo por mis piernas en dos días, demuestra que ya jalé del hilo para arreglar esta muñeca descocida que soy. Manuel escuchaba y entendía, siempre me decía que lo entendía pero yo, necia, simplemente cortaba la llamada y volvía ahogarme en mis llantos.

En mis cortos años nunca había sentido que las nuevas heridas pueden cerrar otras. Los terapeutas y psicólogos no les gustaría verme actuar de forma impulsiva como si fuera una salvaje, pero esa noche no importaba, porque hace mucho tiempo que dejé de ver a la psiquiatra. Aún recuerdo su mirada clavada en mis ojos oscuros, siempre con mi ropa holgada y araposa. Me leía la mente y yo avergonzada, me hundía en mi asiento mientras el trasero me empezaba doler. Sabía cuando me lastimaba. A los quince se notaba mis llagas y se notaba mi delgadez. Aunque ahora tengo diecisiete recién cumplidos, me vuelto a dejar llevar por esa salida estúpida. La gente no se lo cree, la mayoría de personas que conozco no logran entender porque siempre ando con el mismo rostro y juro que a veces ni yo puedo entenderlo.

Él solo me decía: Cambia de cara.
Él solo me decía: No entiendo porque escribes tantas huevadas.

Supongo que no puedo entenderlo, de seguro no es tan lindo que te escriban enamorada. O creer estarlo.
No es lindo leer embrollos ajenos que no te importan. Las veces en que yo he decidido hacer publico el blog esperaba un poco de compresión por parte de ciertas personas. Siempre he esperado de la gente compresión. He esperado que logren quererme, pero es estúpido poder siquiera intentar. Hay veces en las que me hecho en mi cama mirando al techo y solo quiero una llamada o conversar en la oscuridad. En las noches siempre somos honestos, y yo me vuelvo totalmente sincera. Me he dado cuenta que me gusta hablar.
Sin embargo, sigo sin entender porque en el auto con la psicóloga solo miro por la ventana.
La otra vez estuvimos hablando del hilo rojo, ella no tenía idea del tema y empecé a creer que yo tampoco. Solo vi el hilo de lana que había encontrado cerca de la palanca de cambio. La tomé con mis uñas filudas y desnutridas. La coloqué donde estaban mis cortes encima del Jean, y pasamos por un puente directo a casa.




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